21 de agosto de 2012

Culturas Juveniles

Entendida como la fase de la vida individual comprendida entre la pubertad fisiológica (una condición «natural») y el reconocimiento del estatus adulto (una condición «cultural»), la juventud ha sido vista como una fase del desarrollo humano que se encuentra en todas las sociedades y momentos históricos, y que es entendida como un período de preparación entre la dependencia infantil y la inserción social a la vida adulta.

Desde una perspectiva antropológica, la juventud aparece como una «construcción cultural» relativa al tiempo y el espacio, y que es determinada por la sociedad quien instituye la transición de la infancia a la vida adulta, lo cual hace que las formas y contenidos de esta transición sean enormemente variables. Desde este lugar, aun cuando este proceso tiene una base biológica, es la percepción social de estos cambios y sus repercusiones para la comunidad lo que la hace importante.

Así, para que exista la juventud, deben existir, por una parte, una serie de condiciones sociales (es decir, normas, comportamientos e instituciones que distingan a los jóvenes de otros grupos de edad) y, por otra parte, una serie de imágenes culturales (es decir, valores, atributos y ritos asociados específicamente a los jóvenes), las cuales dependen de la estructura social en su conjunto, es decir, de las formas de subsistencia, las instituciones políticas y las cosmovisiones ideológicas que predominan en cada tipo de sociedad.

En este sentido, para comprender un poco lo que son las “culturas juveniles” estas pueden analizarse desde dos perspectivas complementarias: desde las condiciones sociales, entendidas como el conjunto de derechos y obligaciones que definen la identidad de cada individuo dentro de una estructura social determinada, como el género, clase, etnia y territorio o desde el plano de las imágenes culturales, entendidas como el conjunto de atributos ideológicos y simbólicos asignados y/o apropiados para cada individuo, como las formas de comunicación, usos del cuerpo y prácticas culturales.

Las condiciones sociales se configuran a partir de una interacción básica entre cultura hegemónica y culturas parentales en donde la cultura hegemónica refleja la distribución del poder cultural a escala de la sociedad más amplia y las culturas parentales vistas como las grandes redes culturales que refieren a las normas de conducta y valores vigentes en el medio social de origen de cada individuo, no solo de la relación directa entre “padres” e “hijos”, sino a un conjunto más amplio de interacciones cotidianas entre miembros de generaciones diferentes, en el seno de la familia, el vecindario, la escuela local, las redes de amistad, las entidades asociativas, etc.

Las imágenes culturales a su vez, se configuran a partir de la interacción básica entre macroculturas y microculturas. Las macroculturas refieren las grandes instancias sociales que forman/informan a los individuos en cada sociedad, y las microculturas refieren las pequeñas unidades sociales que filtran, seleccionan y perciben las formas y contenidos de esta formación/información, como las asociaciones voluntarias y las redes de amistad.

De manera integral, cada individuo se desarrolla a partir de una serie de condiciones sociales relativamente rígidas, determinadas por su origen (la edad, el sexo, la clase, la ascendencia, el lugar de nacimiento y la residencia); las cuales se transmiten a partir de tres grandes instancias sociales (la familia, la comunidad y las estructuras de poder), que median en la relación entre la cultura parental y la cultura hegemónica, lo cual converge de manera natural en la pubertad física o social y marca el tránsito hacia la condición adulta.

Por su parte, las imágenes culturales expresan los cambios sociales que fluyen con el paso del tiempo, poniendo de manifiesto la ruptura del monolitismo cultural prevaleciente con la aparición de códigos segregados según los grupos de edad: las diferencias en el lenguaje (verbal y no verbal), la estética (o la moda), la ética (o los sistemas de valores), las producciones culturales (progresivamente mercantilizadas) y las actividades focales (centradas en la sociedad del ocio), creando las condiciones no sólo para la “invención” de nuevas categorías de edad (como la adolescencia y los adultos mayores) sino para la emergencia de “culturas” basadas en la edad, las cuales tienen dos ámbitos de expresión: las llamadas “macroculturas” (redes culturales generales como los medios de comunicación y el mercado del ocio) y las “microculturas” (redes culturales localizadas, como el grupo de pares, las asociaciones juveniles y las tribus urbanas).

En la actualidad, las diferencias en las culturas basadas en la edad son más sutiles e imperceptibles, ya que han desaparecido muchos de los signos externos que las expresaban, por ejemplo, las diferencias generacionales ya no se traducen en formas de vestir o de hablar diferentes: hay adultos que visten como jóvenes, y niños que comparten los gustos estéticos o intelectuales de los adolescentes. Las generaciones se “destemporalizan”, creándose “no tiempos” equivalentes a los “no lugares” convirtiéndose en auténticos “limbos sociales” que pueden ser una estación hacia ninguna parte. Las clases sociales se desclasan y ya no dependen sólo de la riqueza o del poder, sino sobre todo del capital cultural que suele ser invisible.

Las condiciones sociales así, se conectan con las imágenes culturales, facilitando la emergencia presencia de jóvenes inmersos en el tiempo de los videojuegos que recrean realidades virtuales a través de la combinación de hologramas, músicas y nuevas drogas (como en el caso de los raves de la cultura techno); y de los navegadores que generan comunidades virtuales que sólo existen en la red, no limitados a un lugar específico, solitarios, y que los vinculan por gustos, dudas y afinidades diversas, lo cual fomenta el “nomadismo” social, es decir, el constante tránsito e intercambio de los roles y status generacional y la inmersión al espacio lúdico y de ocio, pues es el único en el que se les permite un protagonismo no mediatizado.

Fuente: Carles Feixa, (1998). El reloj de Arena, Culturas juveniles en México, SEP/Causa Joven. México.

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