24 de enero de 2011

¿Cómo ayudo a un familiar que está utilizando sustancias?

Muchas personas se ponen en contacto con el servicio CIJ Contigo. Atención en Línea, buscando ayuda para el/la hijo/a, el esposo, la hermana, el novio, etc., desesperados, angustiados y con mucho miedo por el consumo de drogas que “está acabando con ellos” y en algunos casos por “un cambio tan drástico en su comportamiento”, sin saber qué hacer para evitar que sus familiares sigan con esa carrera autodestructiva. La siguiente historia es una muestra de esa situación tan confusa en que llegan a encontrarse algunos familiares, y en donde por la desesperación tratan de resolver la situación sin darse cuenta que a veces, tales intentos de solución se convierten en parte del problema que intentan resolver.


Una mujer de 28 años comenta lo siguiente: “Ha transcurrido algún tiempo desde que lo abandone, me fui porque él me hizo mucho daño; lo conocí hace apenas dos años y medio. Fue como volver a nacer, sonreír y sentirme de nuevo amada.


Me había enamorado y creí haber conocido a la persona con la que quería compartir mi vida (10 años mayor que yo), a la cual cuidar y dedicarle todas aquellas palabras bonitas que surgen cuando le miraba a los ojos. Fueron bellos esos primeros momentos, tan bellos que no creía que fueran verdad, y en realidad no lo fue.
 Recién que nos fuimos a vivir juntos, de pronto se desaparecía 3 ó 4 días, sin poder localizarle ni verle, desesperada me preguntaba ¿qué habré hecho mal? Nunca antes me había hablado de su adicción, y cuando lo hizo mi mundo se derrumbó. Era tanto mi amor que quise ayudarle. Jure cuidarlo y pensar que con mi amor él iba a cambiar, con el tiempo me di cuenta de que su amor por la droga (“Piedra”) era más grande, que incluso por el de sus hijos.

Recuerdo que pasados algunos meses quedé embarazada, situación con la que no estuvo de acuerdo, y provocó un disgusto muy serio entre nosotros, él ya era padre de un niño y una niña, estaba en contra de volver a ser padre. Yo me encontré sola en esto y él en lo único que me apoyó fue en practicarme un aborto. Y lo hice por él, aun siento ese dolor al salir de la clínica; me llevó a mi casa y me dejó sola, como un problema menos en su vida, sin remordimientos, frio y sin mostrar sentimiento alguno.

Después de algunas semanas en las que me hacía sentir que no valía nada para él, y de soportar su insensibilidad y su egoísmo, sin pensar ni un solo momento en lo que hacía, decidí regresar a casa de mis padres, donde finalmente me quede.

Aun así mi amor era grande y seguimos teniendo contacto, a la distancia me parecía más fácil, menos doloroso. Volvía de cuando en cuando a verle y él venía a verme; en el momento en el que empezaron esas visitas yo cometí el error más grande que podía cometer: me pidió que consumiera (“piedra”) con él, me habló de lo bien que me iba a sentir, y muy tonta, después de insistirme en varias ocasiones, accedí.

La primera noche me había propuesto un límite de cantidad, yo pensaba que sería mejor que fuese conmigo que con esa gente con la que acostumbraba a hacerlo, pero supuse mal, y la primera noche el límite se multiplicó por ocho. A ello se unió una prostituta y se descontrolo la situación. Esa no fue ni la primera ni la última vez. La situación se me escapó de las manos, yo ya no aguantaba más.

En otra ocasión estuve hasta las dos y media de la mañana en el aeropuerto esperando a que viniese a buscarme y pasar así un fin de semana juntos. Esa vez la espera fue en vano, no llegó por mí, su casa quedaba a aproximadamente a una hora del aeropuerto. Decidí abordar un taxi, estaba preocupada porque en más de una ocasión amenazó con quitarse la vida. Llegué a su casa, allí me lo encontré drogado y sin haberse acordado en lo absoluto de mí.

Y como esa, tantas otras cosas he tenido que pasar, de las que no me quiero acordar. Hasta que me harte. Cada vez que no podía localizarlo, que no iba a trabajar, que su familia no sabía nada de él, el cuerpo se me llenaba de miedo, de angustia, de temor de que se hubiese hecho daño, de que ya no estuviese vivo, de que se hubiese quitado la vida, así fue durante dos largos años, fui viendo como se deterioraba poco a poco.

La última vez que viajé a verlo quedé embarazada de nuevo, lo que cambio mi vida. Situación por la cual decidí buscar apoyo profesional, asistí a terapia y después a un grupo de consejería familiar, donde a través del grupo y del terapeuta que lo coordinaba, me pude dar cuenta que yo no podía cambiar ni controlar su conducta adictiva por más que lo quisiera, si él no quería; me di cuenta que muchas de mis actitudes y conductas estaban favoreciendo la conducta de consumo de mi pareja.

Me di cuenta que quién tenía que empezar a cambiar era yo, tenía que empezar a cuidar mi salud, mi embarazo, a quererme, a no ser tan permisiva y consecuente con él, a poner límites, a no querer cambiarlo ni controlar su conducta, ni sentirme responsable ni culpable por lo que le pudiera pasar, entendí que, lo que le pasara era únicamente responsabilidad de él mismo, de nadie más; no fue fácil, me costó mucho trabajo y dolor entenderlo, pero el estar en ese grupo me ayudo a comprender y asimilar todo esto.

Ahora soy una persona más fuerte, estable y con una preciosa niña llamada Esperanza de casi un año, y he aprendido que merezco alguien que me quiera, alguien que me valore. He tenido que pasar todo esto yo sola.

Él lleva seis meses en rehabilitación y sin probar nada de drogas. Estoy orgullosa de él y me alegro de que esté rehaciendo su vida. Le deseo lo mejor en la vida y muchísima suerte, que sea muy feliz. Sabe que puede ver a la niña cuando quiera, pero no muestra mucho interés. Yo de todo esto he aprendido que a una persona consumidora de drogas no se le puede cambiar ni ayudar sino está dispuesta a aceptar la ayuda.

Esta historia nos ejemplifica cómo el comportamiento, actitudes, pensamientos y la forma de comunicación que las personas establecen entre sí, pueden favorecer o mantener ciertos hábitos o tipo de relación que pueden ser saludables o perjudiciales y, que en este caso, llevó a la mujer al consumo de “piedra”.

Para favorecer que se presente un cambio importante en esta “Danza familiar”, es necesario darnos cuenta de lo que sentimos, pensamos o hacemos en la relación con el otro, y del efecto que esto tiene en su comportamiento. En este sentido, uno se tendrá que preguntar: la relación que llevo con mi pareja, esposa/o, hija/o, etc. ¿Beneficia o perjudica nuestra salud y bienestar personal y familiar? ¿Qué tengo que modificar en mi persona o en mi forma de relación con los demás, para que a su vez, ellos también puedan cambiar? ¿Dónde puedo obtener atención profesional? Encontrar respuesta a estas preguntas es una parte importante en el proceso de ayuda a nosotros y a nuestros seres queridos, ya que nos permite reconocer que “las cosas no son tan fáciles” como probablemente creemos que son; nos ayuda a identificar las posibles consecuencias y daños a la salud, así como a aceptar que se necesita de tratamiento especializado para encontrar soluciones a nuestros problemas.

Es importante no esperar pasivamente a que los otros “cambien” porque se pierde tiempo valioso y además, se pueden generar consecuencias que pueden ser lamentables tanto a nivel personal como en la salud del otro. Esto no es fácil, pero un buen inicio es aceptar nuestras equivocaciones, reconocer nuestros recursos y aciertos, así como la capacidad que tenemos de querer cambiar, entender y aceptar que somos seres cambiantes en la medida que nos lo propongamos. Finalmente, la pregunta es:
¿Qué otros aspectos piensas que es importante considerar para lograr cambios saludables?

Hay un proverbio chino que dice: “Solo los peces no saben que en lo que nadan es agua” ¿Tú qué piensas?


Escríbenos al servicio de CIJ Contigo. Atención en Línea a la siguiente dirección: cij@cij.gob.mx o llama al 01 (55) 52 12 12 12 o al 01 (33) 38 36 34 63, en Guadalajara Jal., todos los días del año.

Si quieres saber cuál es la unidad de atención más cercana a tu domicilio visita la página http://www.cij.gob.mx/

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