2 de julio de 2010

Violencia escolar y consumo de drogas en jóvenes

La violencia escolar o bullying, ha registrado un aumento considerable en las últimas décadas. Desde la perspectiva de los especialistas en salud, directivos y docentes, es un problema con fuerte impacto al interior de las escuelas.


Esta condición tiene varias características, siendo las más identificada los golpes (violencia física), sin embargo, existen otros elementos que la caracterizan, como son la agresión verbal (lenguaje inapropiado entre estudiantes), intimidación, burlas, insultos, exclusión social que supone indiferencia, misma que, en algunos casos, según expresan los estudiantes, duele más que la agresión física.

Comportamientos prolongados de insulto, ataque, actitud devaluatoria, exclusión, coerción y otros más indirectos y tal vez más difíciles de reconocer, como la violencia psicológica, se van integrando a la cotidianeidad haciendo que la violencia sea subestimada, tolerada y permanezca como algo común e inevitable, sin ser traída como un objeto de atención y sin que sea consciente tanto para quien la sufre como para quien la ejerce. Pese a su “naturalización social”, estas conductas constituyen una violación de los derechos fundamentales y de la integridad física y mental del ser humano.

La violencia escolar es una realidad incuestionable que tiene múltiples formas y se da en varias direcciones: de autoridades a alumnos y maestros, de maestros a alumnos y de alumnos a alumnos. Puede provenir de personas o instituciones y realizarse de forma pasiva o activa. Se define como un fenómeno de grupo donde la mayoría desempeña papeles entre los que se distinguen: el agresor (que puede ser el dirigente), el seguidor, los observadores (que pueden ser pasivos, defensores de la víctima o alentar al agresor) y, por último, la víctima misma.

Los estudiantes agresores, frecuentemente lo son no sólo con sus compañeros sino con otras figuras de autoridad como los padres o los profesores, generan una actitud más positiva a la violencia y, a menudo, se caracterizan por su impulsividad y una necesidad de dominar al otro, padecen fracaso académico y posibles expulsiones del centro educativo, lo que de acuerdo a la evidencia científica, incrementa la probabilidad de consumir alcohol y otras drogas o pertenecer a grupos delictivos. Por otra parte, los observadores no participan directamente en las agresiones pero están presentes en las peleas o son espectadoras del acoso, inmersos en una espiral que los aleja de relaciones de convivencia satisfactoria, favoreciendo y reforzando el conflicto que los afecta y que en cualquier momento los puede convertir en víctimas de la violencia y del consumo de drogas. Entre tanto, en el perfil psicológico de la víctima destaca la baja autoestima, pérdida de confianza en sí mismo, aislamiento progresivo, rechazo hacia la escuela que se proyecta en el contexto familiar y social, donde sus relaciones tienden a ser cada vez más problemáticas, con el gran riesgo de padecer diversas psicopatologías (ansiedad, depresión, fobias sociales) y sobre todo, una amplia probabilidad de consumir drogas. Este panorama hace imperativo el trabajo en el ámbito educativo, previniendo y actuando contra la violencia escolar y su relación con el uso y abuso de drogas entre los jóvenes.

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